miércoles, 27 de febrero de 2008

Canio, "Il Pagliaccio"
Marcos Papais, Noviembre de 2006.
Publicado originalmente el 9 de Noviembre de 2006 en www.grafsbezirk-erialplatonia.blogspot.com

La ópera no es precisamente un arte popularizado en la América ibérica, sin embargo, vaya paradoja, no hay quien así en aquella como en las otras Américas no haya tenido una experiencia sensorial ni haya dejado de someter a una ignota reflexión -aunque valga una devoción iconoclasta- a Canio. Me disculpo ante el desasosiego de quien aguarda un contenido informativo, a lo cual quisiera agregar a modo anticipatorio, que no me refiero a otra cosa que a la historia, la poesía y la sucesión de leitmotivos en la melodía de una ópera. Es así que, como se lo hace en derredor, alzo la voz para esclarecer mis postulados acerca de Canio. Il Concetto vi dissi... Or ascoltate com’egli è svolto. Andiam. Incominciate!
En las yermas laderas, los cansinos contadini rastrillan la tierra reseca que sus padres enseñaron a implorar. Una tras otra, las generaciones habían clamado a los iconos por el auxilio de los beatos, quienes, cuando respondían, enviaban al magnánimo Pagliaccio y sus solícitos istrioni en su carretto a llenar de regocijos los vacíos graneros. Escuchar las trompetas y el resonar de los tambores en el tránsito desde el cielo enardecía a los contadini, contadine e ragazzi; quienes aglutinados en torno al carretto, concebían de la resignada miseria aquella excitada y atropelladora folla que aguardaba el asomo de Il Pagliaccio, el vitoreado don divino que principiaba ora risueño las voces del miràcolo:

Un grande spettacolo a ventitré ore
prepara il vostr'umile e buon servitore!
Pagliaccio no es un hombre por sí mismo, o si tal condición le es digna de serle concedida, es entonces morada de un sujeto más intrincado y hediondo. Escondido tras el manto del antifaz y el maquillaje blanco que exige su oficio, fatídicamente Canio elegirá vivir el fin que en tanto Canio le fue deparado. Empero, aunque el destino se construya sin remedio y los hombres ansíen forjar por aquello que conjeturan que suponen sus acciones, el oprobio que sus venas encierran sólo lo pudo acompañarla el lúbrico Tonio; aquel que entrama la traición que hará emanar su la furibunda bilis. Canio desea la venganza, únicamente aquella que hace desangrar, aquella por la cual, insosteniblemente ávido de roja furia, sucumbe a la tentación de fraguar su montaje. Pero su oportunidad le será esta vez vedada, y así, conteniendo y bruñendo su odio, se conmina a encontrar su fuga en el solaz de la folla...

Recitar! Mentre presso dal delirio
Non so più quel che dico e quel che faccio!
Eppur è d’uopo... sforzati!
Bah! Sei tu forse un uom?
Tu se’ Pagliaccio!
Vesti la giubba e la faccia infarina.
La gente paga e rider vuole qua.
...
Tramuta in lazzi lo spasmo ed il pianto;
In una smorfia il singhiozzo e’l dolor...
Ridi, Pagliaccio, sul tuo amore in franto!
Ridi del duol t’avvelena il cor!

El espectáculo se inicia, por revés, estando Canio fuera de la escena; mas pronto a ingresar en ella con su furia recobrada, su desdicha penetrando su alma y pronta a expedir su tétrica solución. Entrado en escena con su velado semblante ceñido, su voz glacial, su estrafalario espíritu guardado en su vestido, Canio ansía el castigo. Su tono grave y movimientos solemnes redundan en consentimiento multitudinario. Ataca... ahora las contadine se alzan, los contadini las retornan... Retrocede... la folla, inmóvil, se solaza envuelta en su estolidez aguardando una piedad figurada. Cernido aviesamente, el dominio de Canio se ha librado a eternizar su inefable vileza. Atronador, exclama: Il nome, o la tua vita! Il nome!, y la folla se conmueve en un impulso instintivo que denota invariablemente una definición que escapa a su medida; una definición inherente al ser, a la existencia de todo aquello que allí se yergue.
Finalmente, la Erlösung adviene. Es un hecho determinante que empequeñece y ridiculiza a quien se figura encarársele, cual un rayo que irrumpe en la envolvente oscuridad de la noche es admirado por su luminiscencia y aterrante por su infinita fuerza. Así, la acción de Canio lleva a un horror insufrible que reanima las entumecidas almas y les extrae el chillido de sus gargantas, revelándoles su nimiedad y las fatalidades que exceden los parámetros de sus universos. Sólo una vez desatado el crimen puede la folla prorrumpir su súplica y abalanzarse hacia el autor, el diminuto Canio, quien aún a tiempo cierra su obra...
La commedia è finita!
En los personajes habitan personas... Es un supuesto del cual el compositor de esta ópera, Ruggero Leoncavallo, buscó su reconocimiento como principio a partir de su capacidad inmensa de proveer consecuencias. Así, el espectáculo de ficción puede pensarse en la medida de su naturaleza inalienable. Es visto como verdad acotada en una escenificación inocua e irreal, y es ello lo que inhibe la posibilidad de encontrar una acción verdadera que rebase su licencia de manifestar una lección de verdad potencial desde lo ficticio. Y aún en su plena verdad, cabría interrogarse por la posición, la compostura y la vestimenta del demagogo carismático que profiere parado sobre los tablones de la escena las caras palabras que penetran en los sentimientos de los adeptos. Si fuera esto inasequible, funesto resultaría saber que Canio sólo podrá ser visto cuando la sangre y el terror hayan comenzado a fluir sin arreglo. Humanamente, la sordidez nunca deja de convivir con la salvación de las almas, por el contrario, en la política razonada, queda la esperanza de reducirla en la duda metódica de todo aquello que se pronuncia.

lunes, 25 de febrero de 2008

República, Libertad y Representación en la construcción de la Democracia Liberal. ¿Especulación o Empirismo?

Marcos Papais,
Agosto de 2005
Publicado originalmente el 26 de Octubre de 2005 en www.grafsbezirk-erialplatonia.blogspot.com
Concibiendo ligeramente los rasgos del sistema democrático moderno, Norberto Bobbio (1909-2000) afirma que se trata de un contexto político que “a partir de sus leyes fundamentales los miembros de una sociedad, por numerosos que sean, pueden resolver los conflictos que inevitablemente nacen entre los grupos que enarbolan valores e intereses contrastantes sin necesidad de recurrir a la violencia recíproca”[1]. Sucesivamente, Friedrich Von Hayek (1899-1992) alerta que “el mayor abuso que se puede hacer de la definición de democracia es el no referirla a un procedimiento para alcanzar el acuerdo sobre una acción común, y a cambio llenarla de un contenido sustancial que prescriba cuáles deben ser los fines de esta acción”[2]. Dirigiéndome en aquella formulación de Robert Nisbet[3] de que una Idea-elemento es “una perspectiva, un marco de referencia, una categoría (en el sentido kantiano), donde los hechos y las concepciones abstractas, la observación y la intuición profunda forman una unidad” (pero fundamentalmente agrupamientos y relaciones de hombres e ideas); examinando detenidamente la visión general que ambas frases expresan, es decir, el sentido de la democracia, he reparado que sus componentes evidenciados en las citadas frases están presentes en torno a Ideas-elemento identificables como equivalentes a aquellas de República, Libertad y Representación que cimentaron en perspectivas distintas el pensamiento de los autores que se hallarán a partir de aquí en cuestión: Nicolás Maquiavelo (1469-1527), Thomas Hobbes (1588-1679) y Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). A las susodichas República, Libertad y Representación, adoptando como conjunto un sentido liberal-democrático, se les corresponden “Leyes Fundamentales”, “Resolver Conflictos”, “Valores e Intereses” (Bobbio), “Procedimiento” y “Acción Común” (Von Hayek). Sin embargo, quienes debo analizar (Maquiavelo, Hobbes y Rousseau) son teorizadores políticos notablemente diferentes entre sí, y a partir de esto, contribuyentes en grado diverso a la formación de las Ideas-elemento del pensamiento liberal-democrático, entre ellas las de Bobbio y Von Hayek, sobre el funcionamiento del sistema político. Desarrollando a continuación República, Libertad y Representación tal las concibieron Maquiavelo, Hobbes y Rousseau, intentaré dilucidar cuáles han sido los aportes positivos de estos tres autores, o en todo caso, si mi apreciación inicial resulta ser correcta, lo que se atisba como liberal-democrático en dos de ellos frente a las nociones radicalmente opuestas del inventor de un orden constituido y dominado por contenidos sustanciales. A modo de conclusión, cumpliendo con lo que la última parte del título de esta obra promete, propondré una respuesta a la pregunta acerca de la naturaleza de las Ideas-Elemento de la democracia liberal.

Nicolás Maquiavelo. La República y el conflicto, hacia la Libertad.

La idea de Democracia en el Renacimiento se asociaba con las nociones de discordia e inestabilidad
[4], pues la imagen que se tenía de ella era aquella de la aldea de gobierno popular que llevaba una vida de altercados intestinos y desorden permanente. Contrariamente, el sentido de la República, el cual refería típicamente a la experiencia romana del Gobierno Mixto, surgía en la imagen de la estabilidad, la concordia, y la acción libre de los individuos organizada en función de la armonía y la unidad de la civitas. El humanismo florentino se expresaba así a través de la voz de Dante Alighieri (1265-1321); “Si, pues, el juicio mueve completamente al apetito, y de ningún modo proviene de éste, es libre; si, por el contrario, el juicio es movido de cualquier modo, por el apetito, no puede ser libre, pues no depende de sí, sino de quien lo tiene cautivo”[5].
Maquiavelo, en sus “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”, emprende la búsqueda de las causas de la grandeza de Roma con la esperanza de que éstas pudieran ser la clave para repetir la historia. Primeramente, analiza las formas puras e impuras de gobierno, reconociendo que insoslayablemente un orden constituido por alguna de las formas puros, como consecuencia de los vicios deviene su forma impura. Conocieron los legisladores espartanos y romanos, los primeros por obra de un hombre, Licurgo, los segundos por obra de la necesidad que imponía los acontecimientos, la prudencia de establecer un gobierno firme y estable que huyera de cada una de las formas de gobierno en estado puro. Como las disputas eran entre príncipe, nobleza y pueblo, reclamando cada uno de ellos una forma pura de gobierno que les resultara favorable a sus intereses; pues resultaba entonces necesario que el ciclo monarquía-tiranía, aristocracia-oligarquía y democracia-demagogia, movido por la corrupción y la pérdida de la virtud entre los actores, y adversamente, conducente al debilitamiento de la civitas; fuera disuelto por medio del establecimiento de un tipo de gobierno que contuviera a las tres formas puras: la República, el “Gobierno Mixto”.
Sin embargo, en efecto, la instauración de un régimen de Gobierno Mixto plantearía una cuestión muy inconveniente que alertaba a los pensadores políticos del renacimiento italiano. ¿Cómo conciliar a las diversas facciones que actúan en la vida cívica para que la propia lucha que sostienen no se aleje del cauce de la virtud y el bien común? Contrariamente a lo que sus coetáneos pensarían, lejos de considerar el proceso político como un espacio donde las partes convergen en la realización del bien común, Maquiavelo eleva el peligro del tumulto al grado de asumir la condición de sostenedor de la vida cívica. En la República, los Grandes –aristocracia- y el Pueblo se enfrentan como dos sujetos con voluntades contrapuestas y sin la más mínima intención de ceder una ante la otra. Estas fuerzas sociales opuestas que se vigilan una a la otra, aprobarán sólo aquellas leyes o instituciones que conducen a la libertad cívica apoyándose en los deseos de los pueblos libres, que por nacer de sentirse o sospechar estar siendo oprimidos, raras veces son perniciosos para la libertad. Así, los desórdenes en Roma servían en último término para evitar el triunfo de intereses sectarios, y para promover el interés público; consolidando la Libertad mediante las leyes. De hecho, satisfaciendo el deseo de la libertad para vivir seguros.
A partir de estas tesis de Maquiavelo es posible introducirse en la lógica de confrontación de grupos que se presenta en los escenarios de la moderna democracia. Si los Valores e Intereses que rivalizaban para Bobbio pacíficamente pueden vislumbrarse en la canalización del Tumulto -escena del conflicto entre los Grandes y el Pueblo- como un mecanismo para garantizar la permanencia del orden, resolviendo conflictos y consolidando y la libertad a largo plazo; asimismo es visible allí la subordinación a las Leyes Fundamentales o al Procedimiento. Sea en las leyes buenas que hacen a la buena educación y por ende a la virtud, o en la persecución de quienes desprecian la “utilidad común que se deriva de la vida en libertad”; todo ello no permite más que solidificar la continuidad de loas conflictos en un marco de virtud y aceptación de las formas de la vida libre, lo cual devenga el mejor resultado de la República: la Libertad. Ella misma es entonces la manifestación insita, el fin declarado y no declarado de la Acción Común que deben resolver los individuos.

Thomas Hobbes. Pacto y Libertad.

La filosofía política de Thomas Hobbes parte de una concepción netamente materialista. En su ensayo “El Leviatán”, asevera: “The universe is corporeal; all that is real is material, and what is not material is not real”
[6]. La proposición de Hobbes en “El Leviatán” fue erigida como una expresión abstracta de lo que en verdad percibía el autor de la dinámica de la sociedad de la cual él mismo era parte. Por eso, cuando se refiere al hombre en “Estado de Naturaleza”; aquel que busca el placer enfrentándose a su semejante, del cual desconfía y teme que lo mate con tal de asegurarse el objeto del deseo de ambos, sin que nadie lo proteja o vengue de ello; no lo está contraponiendo al hombre civilizado, “sino que se refiere a hombres civilizados cuyos deseos son específicamente civilizados; que el estado de naturaleza es la condición hipotética en la que los hombres, tal como son ahora, con sus naturalezas formadas por la vida en la sociedad civilizada, se hallarían necesariamente si no hubiera un poder común capaz de intimidarlos a todos”[7].
En el Estado de Naturaleza, los hombres, en busca de satisfacer sus deseos, irremediablemente entran competir y a desconfiar entre ellos. El ataque de unos a otros proviene de tres causas subsiguientes: el logro de un beneficio, la defensa de este logro y la pretensión banal de instalarse encima de los otros por motivos insignificantes. Pero esto no sería posible si se estuviera en un medio en el cual un poder común fuera capaz de atemorizar a todos los hombres, y consiguientemente, calmar sus pasiones. En ausencia de tal poder, los hombres se encuentran en Estado de Guerra, una situación de disposición manifiesta a la lucha. Bajo condiciones tales, el pecado, la ley y la justicia no existen; y los hombres, entonces, quedan librados a su absoluta libertad, pero también, de manera tétrica, a la posibilidad de ser despojados por otro a las obras de su esfuerzo, y principalmente, a la muerte violenta. De allí que, obligados por la ley de la naturaleza a preservar sus vidas, claman por la paz.
La paz, según Hobbes, es la ley fundamental de la naturaleza, en otros términos, la imperiosidad de conservar la sociedad. Si la ley fundamental de la naturaleza manda a los hombres a esforzarse por la paz, a renunciar a su derecho a todas las cosas y satisfacerse con la misma libertad que los demás hombres; quiere decir que la renuncia a la libertad absoluta es el primer paso para comenzar la difícil labor de conservar ni más ni menos que la sociedad misma. Por consiguiente, los hombres convienen en transferir ciertos derechos para dar garantías mutuas de seguridad, a lo cual Hobbes denomina Contrato. Sin embargo, nada asegura hasta ahora de que haya certeza de que todos los contratantes vayan a cumplir su palabra de renuncia a sus derechos, que los pactos signados entre hombres no sean nulos ante la menor sospecha de no cumplimiento. De aquí que, en adelante, habrá de recurrirse a un poder común sobre todos los contratantes, con derecho y fuerza suficiente para obligar al cumplimiento de los pactos y acuerdos. ¿Pero de qué manera se da consistencia a tamaño poder? Pues bien, confiriendo todos los hombres su poder y fortaleza a un hombre o a una asamblea de hombres; transfiriendo cada hombre su derecho a gobernarse a sí mismo a un hombre o a una asamblea de hombres: el Estado. Este representa la personalidad de cada uno de los hombres que intervinieron en el contrato, y cada cosa que el Estado haga será obra de quienes estén siendo por él representados. Esta gran persona formada por todos los hombres que contrataron, el Leviatán, proveerá la paz y la defensa común. Su titular será el soberano y los hombres que lo rodeen sus súbditos, quienes, habiéndolo aprobado o no, deben autorizar todas sus acciones o juicios; y una vez que queda instituido, ya no es posible separarse de él ni hacer un pacto nuevo para someterse a otro soberano.
“Libertad significa, propiamente hablando, la ausencia de oposición”, así comienza Hobbes el capítulo XXI de “El Leviatán”. Lejos de ser el Estado un coartador de la Libertad, es precisamente su garante. La Libertad de hacer lo que la propia razón sugiera provechoso radica invariablemente en la libertad de comprar y vender, de signar contratos, de escoger residencia, alimento, género de vida; en suma, se trata de ser libres de hacer todo aquello que es garantido por el poder estatal. De las acciones que está privado por ley, son, vaya caso, las que atentan contra la libertad de hacer lo que por razón más relevante concibe. Por este motivo, el contrato supone que las libertades otorgadas por el soberano que demuestren ser perjudiciales a los fines de éste de proteger a sus súbditos, serán revocadas.
“Ese interés público que personificáis no es más que un término abstracto: sólo representa la masa de los intereses individuales...”
[8]. Acaso esta frase de Jeremy Bentham describa elocuentemente la imagen del Leviatán, ese gran hombre integrado por numerosos hombres más pequeños. Si bien en “El Leviatán” no se analizan ni sugieren formas específicas de gobierno, la noción de Estado y autoridad política que esboza allí Hobbes es la propia mano por la cual acciona el sistema político liberal. Los Valores e Intereses que los individuos esgrimen, sin más, son aquellos que fuera del Estado Hobbesiano asumirían un rumbo violento para saldar sus conflictos. En cuanto a las Leyes Fundamentales, estas no son ni más ni menos que las leyes del Estado, aquellas que persiguen el interés público de la paz y la defensa (las Acciones Comunes) armonizando y conteniendo en sí la variedad de intereses individuales; son las que crean los Procedimientos para que los intereses individuales no colisionen entre sí, para que encuentren sus distancias, autonomías y mediaciones. Las leyes son la lógica del Contrato, del Estado Hobbesiano, como afirma Eduardo Rinesi en “Política y Tragedia”, “la Lógica de la Separación, porque sólo la separación garantiza, según Hobbes, las condiciones para la vida”[9].

Jean-Jacques Rousseau. Fundación de la Libertad por la Voluntad General.

Jean-Jacques Rousseau rechazaba la posibilidad de fundar la sociedad en base a un contrato de asociación y de sujeción a una autoridad encargada de conservar el orden y el cumplimiento de la ley. Vehementemente, las acusa de ser el dominio del género humano por una centena de hombres. Interrogándose acerca de cómo fundar un método de asociación que defendiera y protegiera –usando el poder de todos los hombres- la vida y la propiedad de cada miembro, además de habilitar a cada miembro de la sociedad a obedecerse solamente a sí mismo y permanecer libre como en su estado natural; elabora la idea del Contrato Social. Los términos de este contrato se reducen a un simple requisito: el miembro individual debe entregarse a sí mismo, incluyendo sus derechos, a la comunidad. Esto ha de ser así, puesto que la condición será la misma para todos si cada individuo se entrega totalmente, y siendo igual, nadie se verá tentado a hacer de ella una carga más pesada para el resto. Mientras que en la transferencia de fuerzas y derechos de los hombres al soberano en el contrato hobbesiano nadie podía enajenar su derecho a querer conservar su vida, la entrega total del individuo en el Contrato Social de Rousseau presume que para un contratante “su vida no es ya solamente un beneficio de la naturaleza, sino un don condicional del Estado”
[10].
La voluntad individual es un inconveniente constante para la Comunidad formada por el Contrato Social. Siendo dable confundirse como Voluntad General cuando se manifiesta como una voluntad ampliamente aceptada, siendo tan solo una suma de voluntades particulares, puede provocar daños a la Comunidad, aunque sin jamás afectar a la voluntad general, que es inmune. La Voluntad General dirige al Estado hacia los objetivos para los cuales fue fundado, su ejercicio es la Soberanía, inalienable e indivisible, pues la Voluntad General o es o no es. Por eso, quienquiera que se niegue a obedecer a la voluntad general, debe ser forzado por toda la Comunidad a acatarla; por la fuerza, ha de ser libre. La sumisión a la voluntad general evade a una persona de ser dependiente de otra.
Continuando con los lineamientos descriptos en el párrafo anterior, la Voluntad General está siempre en lo correcto y se inclina por el bien público. No obstante, las deliberaciones de la gente no poseen la misma rectitud que la Voluntad General. Las personas desean lo que es bueno, pero no siempre perciben lo que lo es. Cuando se debe legislar, el legislador, un “hombre extraordinario” que es directamente el ciudadano y no el representante de voluntades particulares o sectoriales, como tal debe ser intérprete de la Voluntad General, y en las leyes que establece, él no existe como tal, sino como súbdito. Considerando que, de continuar en su condición de legislador una vez promulgada la ley, y en fin, su supremacía sobre ella, en el acto de legislar primaría su interés personal; el legislador debe abandonar tal condición para someterse a la ley al igual que todos los miembros de la Comunidad.
En una trama en la cual los intereses individuales son impugnados, donde la alineación y el funcionamiento del sistema político y de la sociedad misma adquieren fines últimos, se expone un modelo de estado y de sistema político sumamente distinto a los de Maquiavelo y Hobbes. Si en estos la organización se construía para dar respuesta a grupos e intereses enfrentados, para alcanzar su libre convivencia y su cooperación para la conducción del Estado y la regulación de las actividades de los individuos; en dimensiones opuestas, Rousseau se aferra a la idea de una sociedad en la cual la particularidad sea superada por un sentido último yaciente en la Voluntad General, un fenómeno que se presentaba en todas las voluntades, mas frecuentemente sin poder ser discernido. El Contrato Social suscita la discusión del “contenido sustancial que prescriba cuáles deben ser los fines de esta acción”, exactamente aquello que Von Hayek censuraba en la definición de democracia.

Las Ideas-Elemento de la Democracia Liberal. ¿Obra de los hechos o de la fantasía?

“Reaccionar contra la crueldad, la injusticia o la opresión es una cosa; tener una panacea para asegurar la libertad del hombre o su felicidad es un asunto muy diferente”. Esta respuesta corresponde a la pregunta de si no había ambición o arrogancia en el hombre que trata de hacer que la realidad se ajuste a sus así llamados ideales. Quien se la formulaba era Lewis Namier, en un artículo sobre la influencia psicológica en el entramado de las ideas políticas
[11]. Estimo que la misma pregunta puede hacerse respecto al surgimiento del pensamiento político de Hobbes y Maquiavelo y de su evolución posterior hacia lo que contemporáneamente se registra como la doctrina de la democracia liberal, o el liberalismo democrático.
En “El Leviatán”, creo haber observado con notable evidencia que Hobbes intenta diagramar desde unos pocos elementos de percepción y razonamiento humanos, un cuadro de la motivación y la acción humana del cual sea deducible una posible forma de relaciones políticas y su relativa conveniencia. En esta labor aparece como un elemento muy destacado la cuestión moral, que en la obra de Hobbes nace de la necesidad cotidiana de establecer derechos y obligaciones para la conservación de la estabilidad social. Sin dar lugar a la fantasía detrás de la utilidad de la religión, la subordina al Estado y le confiere un papel instructivo destacable. Ha de reconocerse que Hobbes, tal es sostenido por Macphearson, no reconoce como criterio de valores ninguna idea de justicia basada en nociones que estaban al margen y por encima de cualquier hecho; sino que los hechos mismos denotaban objetivamente con que valores y derechos la sociedad de su época estaba dispuesta a desenvolverse.
La crítica al cristianismo que Maquiavelo esboza en sus “Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio” se desarrolla paralelamente al sentido de la cuestión moral, de la religión, en la consolidación de un orden. Es eminente que no era asunto que llamara la atención e hiciera emanar una perspectiva desfavorable por los valores en sí que profesara el cristianismo, sino más bien, molestaba a Maquiavelo la inadecuación de unos valores llamaban a la privación de los goces terrenales a un país en el cual las reyertas políticas se daban en la mayor parte de las ocasiones por asuntos de estos mismos. De la misma manera, el aborrecimiento de las formas puras de gobierno era naturalmente una objeción a ideas organizadoras que no contemplaban la existencia de grupos irreconciliables en algún sentido, cuyos enfrentamientos eran en primer lugar la contradicción lógica a los modos que estas ideas proponían.
Por último, en lo que refiere a las Ideas-elemento analizadas en partes de este trabajo, en los términos en que han germinado a lo largo de diversas épocas, aún cuando no pocos piensan que en la actualidad se hubieren adaptado a una forma idealista y especulativa, en realidad nunca han dejado de ser presentes. Tanto lo que atestiguan Bobbio y Von Hayek en las citas inscritas en los primeros renglones de este escrito se condice con la experiencia que se vive en nuestros tiempos y que aún se reproducirá en un futuro que no se reduce a la inmediatez. Los sucesos políticos ocurridos en los últimos años han degradado a la democracia liberal, sin embargo, en una época en que los valores e intereses contrapuestos se enfrentan en un contexto de incomprensión y violencia, la voluntad de superar los crecientes desajustes de la sociedad global transita principalmente por recuperar un orden civil y político que contenga a la diversidad como un motor mismo de progreso. Aquí no se juega la fantasía.

***
[1] Norberto Bobbio, Democracia
[2] Op. Cit.
[3] Robert Nisbet, La formación del pensamiento sociológico 1, Capítulo 1, p. 18. Ed. Amorrortu, Buenos Aires.
[4] J. Fernández Santillán, La Democracia como forma de gobierno.
[5] Dante Alighieri, De la Monarquía. Libro I, Cap. XIV, p.49. Ed. Losada/ La Página. Buenos Aires, 2004.
[6] El Universo es corpóreo; todo aquello que es real es material; mientras lo que no es material, no es real”.
[7] C.B. Macpherson. La Teoría Política del Individualismo Posesivo. Capítulo II.
[8] J. Bentham. Teoría de las penas y las recompensas.
[9] E. Rinesi. Política y Tragedia. Cap. 4. Ed. Colihue, Buenos Aires.
[10] J.-J. Rousseau. El Contrato Social. Libro II, Cap. V
[11] L. Namier. La naturaleza humana en la política. Revista “Prismas”, Nº4, 2000, pp. 143-147.
Huelgas que no cuajan


Una breve reflexión sobre las polémicas luchas de enfermeros y docentes universitarios en la Argentina post-crisis.

Finalmente una espiral de reclamos salariales y sucesivas huelgas se ha librado en diversos ámbitos del campo laboral. Tras década y media de reducciones crecientes de los empleos existentes y de las oportunidades de obtenerlo; consolidándose paralelamente la desprotección legal y social, junto con la racionalización del trabajo; el goce de la libertad de demandar un salario más elevado a través del ejercicio de la huelga ha sido afortunadamente rescatado de entre una larga lista de derechos condicionados por los hechos. La declaración del síntoma de prosperidad y pujanza de los actores económicos y sociales puede aducirse para explicar y recibir con beneplácito el surgimiento de estas huelgas; pero, siento mucho ser aguafiestas. Prudente aquel que tiene un hálito de escepticismo a mano para no enfervorizarse tan pronto; para intentar dilucidar una trama que tanto la religión de la lucha de clases y sus resentimientos pasionarios, como la razonable aspiración a ensanchar los bolsillos, ignoran profundamente cuando salen a batallar. Condenar éticamente que niños sanos no puedan acceder a servicios médicos, fastidiarse porque alumnos primarios, secundarios y universitarios no reciben las lecciones fundamentales para su formación; merece para no pocos religiosos y pasionarios una censura, por reaccionario y fascista. Puede ocurrir que así suceda en muchos casos, cuya explicación es más bien por reaccionarios que por fascistas. No obstante, desquitarse de los ardores resulta al fin una experiencia aciaga si al menos no se goza de la capacidad evasiva de templar las impresiones con razonamientos que concluyen en representaciones no menos funestas.

El derecho

En la mayor abstracción de una escuela predominante de pensamiento económico suele afirmarse que el mercado de trabajo es un mercado más entre otros; elástico, donde oferta y demanda siempre alcanzan una situación de conformidad; lo cual otorga toda validez de raciocinio económico a cualquier trabajador que meditada o espontáneamente tenga voluntad de demandar una mejor paga. Que los enfermeros manifiesten el deseo de ganar más que los médicos no es ilógico de su parte, es lentitud de los médicos que no redoblan la apuesta. ¡Que empiece el reclamo! Díganle a sus contratantes que esperan de ellos una suba en sus salarios a partir del próximo mes. Si sus patrones son solícitos, allí estarán aumentando las cifras de sus cheques y depósitos, pero aplicando la racionalidad económica seguramente les sugerirán algo que los humanos no pueden hacer: volar por sí mismos. Pero, nadie debe olvidar los derechos adquiridos por la actividad y acuerdo político. Cada uno debe tener su ejemplar de la Constitución en su casa como si fuera una Biblia; contemplen cuan agraciados son frente a los ingleses y los israelíes, ustedes sí tienen un texto sintético llamado Constitución Nacional que es el mejor manual para conducir sus libertades. No tienen que leer abundante, ni siquiera abordar los embarazosos artículos sobre las atribuciones de los poderes de la nación. Para este caso, basta con atender al artículo 14 bis para informarse que no necesitan salir volando de la oficina de su jefe cada vez que desean unos billetes más. Compartiendo visiones con sus compañeros, podrán llegar a un acuerdo y advertirle a su jefe que se cruzarán de brazos hasta alcanzar lo que ambicionan. ¿Aún sigue siendo tosco? Bueno, crucen los brazos, la constitución se los permite. Así, como los legisladores lo han previsto, deberán sentarse junto a su empleador a una mesa de negociaciones, aceptando todos volver a sus puestos mientras la negociación esté en curso. Podrán ganar o perder, eso depende de vuestra capacidad de negociación y naturaleza de organización; así como de la predisposición del jefe. Desde ya, nunca van a perder lo que ya poseen, la única derrota es continuar con lo que ya existe -lo que a veces debe reconocerse como paupérrimo-; su permanencia en el puesto está asegurada por las garantías constitucionales del derecho a huelga y organización laboral. Entonces, ¿podría colegirse que las huelgas de enfermeros y docentes son de todo derecho, y que por ende deben ser aceptadas hasta tanto no exista una resolución? Evidentemente, existe un derecho explícitamente reconocido por la constitución, sin embargo, determinar las formas en que ha de darse una lucha por intereses económicos a través de mecanismos políticos de organización, decisión y ejecución exige la valoración de rasgos no meramente económicos y de derecho individual.

La experiencia

Tras varias semanas en las cuales los servicios de atención a los niños se vieron comprimidos a causa de los sucesivos paros, la inquietud del UNICEF se hizo notar públicamente mediante una carta del representante del Organismo en Argentina al Ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, y a uno de los máximos representantes de los enfermeros del Hospital Garrahan, Gustavo Lerer. Fechada el pasado lunes 22 de agosto, la edición del martes 23 del matutino La Nación la citó en un artículo de la siguiente manera:…"Los niños no pueden hacer valer sus derechos por ellos mismos, no salen a las calles ni hacen paros, especialmente los más pequeños. Pero tienen derechos como ciudadanos. Especial protección requieren cuando están enfermos y necesitan cuidados médicos y hospitalarios para restaurar su salud", dice la carta. Sobre las guardias mínimas que los trabajadores dicen cumplir agrega: "No existen formas mínimas de respeto a los derechos, la ética solamente tiene máximos"…Es de común aceptación que el derecho de los niños, en este caso, consiste en recibir la debida atención sanitaria en un hospital. Un cese de actividades, inexorablemente, reduce cualitativa y cuantitativamente las prestaciones; una realidad cuyo conocimiento no aparenta exigir afinada perspicacia. A pesar de esto, desde que se anunciaron las primeras huelgas, quienes la emprendieron y quienes entre la ciudadanía la consintieron y apoyaron aseveraron insistentemente que las urgencias estaban siendo garantizadas, por lo cual nadie debía alarmarse. Si así fuera, ¿qué es lo que estaría faltando? Alguien con espíritu malicioso podrá sugerir que allí está sobrando personal, lo cual no es cierto. Por el contrario, los trabajadores que han promovido medidas de fuerza para vigorizar sus reclamos, son todos ellos parte de una institución que desarrolla en su conjunto una labor determinada: la de conservar y restablecer la salud. Conservar y restablecer implican atender urgencias y cuidar de los enfermos, lo que se ha continuado haciendo, mas, fundamentalmente, implican monitorear para prevenir, lo que ha estado entre paréntesis. Una estrategia nacional de atención sanitaria está en nuestros tiempos basada en la medicina preventiva, aquella que consiste en realizar un seguimiento del estado físico, psíquico y social de los individuos. Aquella que pretende, con un dejo de ensueño, que nadie deba llegar a un estado de enfermedad, anticipándosele en su aparición o en su agravamiento. Un objetivo cuyo logro, absolutamente probable y sujeto a la obra de los individuos responsables, define la calidad de vida de una población. Para esto, en cada hospital se ha definido un trabajo específico a realizar por el conjunto del plantel profesional en el cual cada uno de estos es responsable de llevar a cabo una tarea determinada. Al cabo, ¿cuál es el riesgo inmanente a la continuidad de las huelgas de enfermeros? Que tareas determinadas de ciertos agentes no se están desarrollando. No se trata de las urgencias, sino, igualmente inquietante, de cientos de niños que han dejado de recibir vacunas, o de ser sometidos a estudios o cirugías que hoy no se realizan por urgencia, pero que se erigen en una amenaza latente a su salud en un futuro, tal vez próximo, tal vez lejano.En otro contexto, desde comienzos de año los docentes primarios, secundarios y universitarios también han sido vanguardia de esta naciente escala de reclamos salariales y medidas de fuerza. La polémica que suscita un día de paro en una escuela primaria o secundaria normalmente tiende a generar la atención mediática, y por su intermedio, inevitablemente, acaba por ser un tema de dominio y debate público. Sin embargo, aquello que ocurre dentro de una universidad no cobra dimensiones que puedan llamarse de público conocimiento y discusión. Graciosamente, es en el ámbito académico donde las acciones y las discusiones sobre los más diversos asuntos cobran los más acalorados aires. Es un claustro donde una pléyade de rabdomantes guiados por el mito de la gran conspiración secreta, estima la apariencia bestial de la agigantada sombra de un ratón como la naturaleza propia de la criatura, y se regocija inconscientemente cuando de boca a oreja circula el rumor sobre una cercana huelga.La postergación de la Universidad argentina es una de las principales causantes de la visión de un futuro incierto para el país, siendo menester que se revean las políticas de educación superior, emprendidas y continuadas desde hace quince años. Consecuente, es cabalmente justo que los docentes reclamen por salarios acordes a su profesión; pero, crecientemente, los modos de su expresión no acaban siendo los más atinados. Ironías de nuestra sociedad, los paros y las manifestaciones de los docentes universitarios se exhiben como hechos marginales ante quienes, con cuyos malestares, hacen emerger focos de atención para quienes definen las políticas más relevantes. Un paro docente en la universidad resulta ser así no más que la privación de cierta cantidad de horas de clase para un estudiante, quien sin este tiempo dentro de un aula es despojado de una porción cualitativa de su formación profesional. Que la figura de un docente no se pose frente al pizarrón evidencia que algo negativo está sucediendo; es lo que el juvenil espíritu crítico debiera entrever, en vez de exacerbar sus sentimientos de gloria rebelde.

El deber

¡Bienvenida una vez más la libertad de defender los intereses individuales y de grupo! Es la herramienta con la cual incesantemente se realizan las libertades económicas y políticas; pero que esto ocurra no conlleva que no se continúe estando en deuda respecto al límite que cada actor debe proyectar a sus acciones. Ninguna libertad ha de ser coaccionada, sino que su goce sólo puede posibilitarse reconociendo las reglas de juego de la vida civil libre, para que sean libres y no lesivas, esto significa, señores; que estén dotadas de conciencia. En una coyuntura que presenta la dicotomía entre avanzar en un reclamo con medidas de fuerza, o atemperar las demandas ateniéndolas a la satisfacción de las responsabilidades; enfermeros y docentes habrán de ser conscientes de su importancia ineludible para el bienestar social y el progreso de la nación. Primordialmente, habrán de hallar para sus acciones de protesta un sentido que no tenga por gusto corromper mediante el incumplimiento de sus deberes la confianza mutua de toda una sociedad en el trabajo colectivo y la solidaridad que la libertad y la democracia requieren

Marcos Papais, Agosto de 2005.
Publicado originalmente el 28 de agosto de 2005 en www.grafsbezirk-erialplatonia.blogspot.com