(-Sobre la violencia de los grupos políticos de izquierda en las décadas de 1960 y 1970, y la polémica en torno a la carta abierta de Oscar Del Barco.)
Niels Bohr (1885-1962)
Si hay algo que trazó el espíritu de la militancia de izquierda en las pasadas décadas de 1960 y 1970, inmensamente más intenso que en la actualidad, fue el sentimiento de irrefutabilidad de las teorías y las impresiones acerca de la realidad que animaban sus proyectos políticos. El ideal de “Paraíso en la Tierra” constituía un fin inexorable que debía ser tarde o temprano emprendido por quienes primero encontraran la fórmula que condujera a sus preceptos absolutos y al mundo real por la misma senda. La ruptura con las respuestas que clamaban por el consenso a través de la búsqueda de procedimientos aceptados por todos los actores políticos revivió la variable de la imposición en la política. Entre la vida en el partido y la vida en el grupo armado, sobreviene ese paso que Héctor Jouvé[1] con temeraria levedad refiere como el desencantamiento del esquematismo, la ausencia de discusión y la mentira, seguido del aprovisionamiento de armas y la planificación de operaciones insurgentes. La utilización de la violencia había sido en los años previos un recurso para provocar un hecho político: la Revolución del Parque, el golpe del 30, la Revolución Libertadora, por nombrar tres eventos provocados por corrientes políticas distintas. Sin embargo, tal mana del relato de Jouvé, la novedad estaría dada por la invocación a la eliminación del enemigo, del crítico, del neutral y del débil, quienes serían concebidos como los negadores de la Verdad, aquella que ya estaba dada y emplazaba a mover el cielo y la tierra por ella. La escenificación de esta vocación de asesinato e inmolación, emprendida en el derrotero de aquel grupo al cual Jouvé integró junto a Masetti y otros aliados del “Che” Guevara, consistió en el sacrificio de dos de sus jóvenes cuadros, quienes mostrándose débiles y dubitativos, faltaban a la Verdad que guiaba al movimiento revolucionario. Por ello, el filósofo Oscar Del Barco[2], desnudando su sentimiento de culpa por lo que él supo aprobar, y quienes sucedieron sus palabras sea para criticarlo o para apoyarlo, nos llevan a interrogarnos acerca del cómo y el por qué de lo pasado, así como de la actitud que en tanto ciudadanos presentes y futuros, hayamos o no participado de la época en que esta circunstancia se produjo, debemos asumir para conocer fácticamente y juzgar moralmente los acontecimientos en cuestión.
El más grave error en el juego de la política es, sin lugar a dudas, el concederse el dominio de la Verdad; pues ello incapacita para tomar parte de los ejercicios que hacen a su esencia: debatir, negociar, conceder, persuadir, consensuar y resolver. La Verdad, revelada como un absoluto, es imposible de ser debatida, no hay nada que negociar de ella, menos aún es digna de conceder, y en tanto es Verdad, su existencia es su coronación, su ineluctable victoria sobre lo que no es ella misma. Ese “Paraíso en la Tierra” gestado por el pensamiento de izquierda revolucionaria era precisamente la Verdad a la que se dieron a responder, lo inexorable, lo deseable, lo único posible. Una vez que esto ya se ha imaginado y aceptado como absoluto ya no queda espacio para otra idea, ni aún para otra forma de pensar en esa Verdad, como visión y misión. Ergo, la política y su juego dejan de ser el campo de acción sobre el que se desplegarán las ideas y propuestas en busca de alcanzarlas, y se tornan uno de aquellos vicios que degradan a la Verdad. Así lo entendió Lenin cuando decidió provocar el golpe de Estado contra el gobierno de Kerensky; por lo que la historia del comunismo, del socialismo real, de la revolución exitosa, se escribe con la pólvora y la sangre pegoteadas en las manos, lejos de la política, imposibilitada de la reflexión, de la vuelta atrás, de las soluciones intermedias y del desvío oportuno. No existe posibilidad de doblar la Verdad, a menos que se recurra a las mañas embaucadoras que llevaban a Jouvé a aborrecer del Partido Comunista. Es por eso que, inhabilitada la política, el camino a explorar conduce a las armas y el asesinato, donde la Verdad se impone o se quiebra, mas no se dobla.
Cómo comprender la revelación de la Verdad resulta por lo demás mucho más dificultoso que dar cuenta de la conexión, la atracción, entre Verdad y violencia. Por un lado, un sistema republicano debilitado es factible de abrir el terreno a pensamientos políticos extremos que persigan un ideal de verdad; pero, por el otro, la distancia entre perseguir una idea surgida de una lectura de la realidad posible de ser refutada y reformulada, y ser agente de la Verdad, continúa resultando desazonadora. Sólo la religión nos ofrece un paralelismo, pues ésta es Verdad. El dios, el dogma, sus intérpretes y predicadores, son el absoluto necesario e indiscutible, pues no negocia, no concede ni recibe, sino convierte, invade. La Verdad en la política, en su proceder religioso, no hace más que repetir la historia atroz de la religión. No se halla realizada en el parlamento, en la institucionalidad ni en ningún sitio de la sociedad. Si la revolución es vista como el paso que vendrá, el sistema imperante es el edificio a implosionar, jamás el medio común; la sociedad se divide en los “buenos” y aliados –sometidos, pauperizados-, y los malos enemigos-explotadores, enriquecidos-, jamás en individuos con intereses propios que pueden adherir o rechazar libremente las propuestas políticas. Contrariamente a la religión, que puede presumir de Verdad y siempre que se reduzca al individuo, ser como tal respetada; el pensamiento político está ante el deber de comprender su contingencia, su grado de oportunidad y su inexorable refutabilidad. La religión sólo atiende al alma, y por más verdad que reclame, cada individuo la gobierna dentro de sí. El pensamiento político, que alimenta al gobierno del Estado y la Sociedad, no puede constituirse en Verdad, porque lejos de buscar certezas como el alma necesita, debe perseguir el conocimiento de los hechos para juzgarlos, deducir sus problemas y generar propuestas de soluciones. Asimismo, ha de encontrarse con la heterogeneidad de las formas en que se produce, por lo que necesariamente su veracidad es inexistente y su valor, relativo. Resolver cómo dejar de creer que la sociedad debe adherir a un tipo de comunismo y abandonar la revolución como método de consagración de la Verdad, constituye el punto de partida para integrarse al juego político y entregarse a uno mismo en cuanto actor y en cuanto a idea al resultado de aquel. El proceso inverso ha sido la fatal experiencia ante la cual Oscar del Barco reconoce su culpabilidad y se llama a la contrición.
Winston Churchill decía que el estadista que se entrega al fervor por la guerra debe ser consciente de que una vez dado el grito, deja de ser el amo de la política para convertirse en el esclavo de una serie de eventos impredecibles e incontrolables. A partir de allí nace la lógica criminal de la violencia deplorada por Del Barco en su polémica carta. El desconocimiento del “no matarás”, premisa esencial de toda comunidad, confiere a la muerte la posibilidad de ser llevada a cabo por cualquier actor que esgrima una justificación para causarla. Otra vez, la religión nos da cuenta de cómo ha sido capaz de amalgamar asesinato y justificación, y en ese sentido, las réplicas de Keshishián[3], Parisi[4], Panzetta[5] y Tejerina[6] adquieren el talante de respuestas justificatorias basadas en el fervor y el mandato de la fe. La resignación a aceptar la violencia como lo que media entre posiciones y concepciones políticas antagónicas; la justificación de una violencia sobre otra en virtud de valorarlas en razón de la concepción o el sector social que su ejecutor afirma representar; el recurso a excusar el crimen en nombre de la particularidad histórica de su surgimiento, su transfiguración a la razón de causa-efecto o su extrapolación a las ontologías del pensamiento revolucionario sobre hombres que no son más que individuos hechos en su tiempo. Desde la doblez a la pendencia, no es dable rastrear el mínimo estremecimiento en sus palabras, abandonando toda mesura y racionalidad a la discreción de creencias e ideales políticos para ellos incontestables. Algunos han dado en llamar “fundamentalismo” a la consigna “no matarás”, pero es al cabo establecido en esa consigna el principio de toda moderación frente al fundamentalismo de sus concepciones sobre la política y la vida. El pensamiento fundamentalista se caracteriza por desconocer que entrar a la guerra equivale a desencadenar hechos imposibles de controlar, y una vez que los ha suscitado, es incapaz de reconocer el momento que los originó. Sin más, quienes criticaron a Del Barco y le enviaron vanamente la viperina serpiente, resultaron ellos mismos mordidos.
La opinión de Christian Ferrer[7] aparece muy traslúcida en tanto se procura entender la conexión, la sinergia de pensamiento político y violencia, de la que resultó el terrorismo y la guerrilla de las décadas del 60 y el 70. Sin tapujos, Ferrer conviene que no hay asesinato posible sin que razones superiores a la conciencia del individuo justifiquen el acto, cuestionando las basas éticas sobre las que se fundan dichos crímenes. La responsabilidad frente al crimen sólo existe si es capaz de ser cargada a cada asesino, y si esa responsabilidad es por tal negada, se pone en peligro todo intento futuro por conocer y juzgar la matriz de la violación. No asumir la dimensión del acto de asesinar es inherente al fundamentalismo, que, por el contrario, supone contemplar serenamente la tragedia como una tarea desagradable pero imperiosa. De esta suerte, Ferrer evidencia la debilidad existencial de la izquierda, la que, obcecada por sus verdades absolutas que arrastraron en el pasado a sus adeptos hacía la vía de la violencia y se priva hoy de analizar racionalmente la construcción del conocimiento de su pasado en pos de su construcción de cara al futuro.
“Violence does, in truth, recoil upon the violent, and the schemer falls into the pit which he digs for another”. Esta frase presente en “La Banda Moteada” (“The Speckled Band”), pronunciada por Sherlock Holmes luego de manipular el arma del villano contra éste mismo, es de utilidad para pensar en qué anduvo la izquierda en el tiempo transcurrido entre 1960 y la actualidad. Primeramente, nos habla acerca del momento de irrupción de la violencia, cuando la renuncia a la política consiguió la auto-enajenación del único sitio donde podía sobrevivir sin ser exterminada. Si bien no es atribuible a sectores radicalizados de izquierda el debut del asesinato políticamente motivado, sí es condenable por elegir ese camino de muerte y tortura más allá de las preferencias individuales por la paz y por haberse valido de un absoluto con el fin de discernir qué era deseable o no para el orden de una sociedad y de ponerle un pero a las vidas de las personas. Lo que vendría detrás, la represión ilegal de las fuerzas del estado, no es más que su corolario, el otro absoluto que se veía como Verdad y determinaba discrecionalmente qué y/ quién podía vivir o debía dejar de existir. En segundo lugar, nos sitúa en el presente, ante el panorama del futuro. Funesta contradicción la de quienes vilipendiaron a Del Barco imputándolo de resucitar, o bien, traer a la izquierda, la “teoría de los dos demonios”; pues, a qué otra cosa se dirige ésta que no sea a la supresión de la memoria, el saber fehaciente de los hechos y al juicio moral que de allí pudiera derivarse. Donde varios crímenes tienen derecho a justificarse, juzgar al resto carecería de sentido. Que el pasado se desconozca ha sido el persistente reclamo de quienes excluyen de la figura criminal los asesinatos de los “rojos defensores de los excluidos”, así como los que fueron obra de los “azules restauradores del orden y los valores cristianos”; y así, los clamores de justicia no pueden más que recaer a la condición de aguijonazos al enemigo. Por todo ello resulta preciso ahondarse sin reparos en la contrición, en la “supresión de uno mismo”, que Del Barco propone tanto para sus contemporáneos como para quienes abrevan en la actualidad en su línea de pensamiento. Se trata de recorrer el proceso contrario a la falsedad y el olvido sistemático, de explorar dentro de uno el lugar que ha ocupado otrora y lo que de éste exhibe ahora, de dotar al sentimiento del poder de penitencia, que es al fin aquello que le permite entrar en contacto con el dolor de la falta y desde allí reconstruir su esencia. Sólo esa pena nos pondrá como sociedad en condiciones de asumir la dolorosa historia que no podemos más que elaborar con el noble fin de rendírsela a los que vendrán. Muchos somos quienes no hemos vivido el tiempo en cuestión, pero eso no nos da pie para excluirnos de una tarea aún inconclusa que necesitará de testimonios, arrepentimientos, juicios, condenas y desaprobaciones. La pena perdura en nuestra época y debemos procurar que no se acabe en lo que vendrá.
[2] Del Barco, Oscar (2004) Carta abierta, publicada en La Intemperie, nº 17. Córdoba, Argentina. En internet: http://www.elinterpretador.net/15CartadeOscarDelBarco.htm
[3] Keshishián, Carlos (2005). No existen valores fuera de la historia. La Intemperie, nº 18. Córdoba, Argentina. En internet: http://www.clubsocialista.com.ar/scripts/leer.php?seccion=otras_publicaciones&archivo=8
[4] Parisi, Alberto (2005). El Habitus del respeto por la vida. La Intemperie, nº 18. Córdoba, Argentina. En internet: http://www.clubsocialista.com.ar/scripts/leer.php?seccion=otras_publicaciones&archivo=6
[5] Panzetta, Ricardo (2005). A propósito del testimonio de Héctor Jouvé. La Intemperie, nº 18. Córdoba, Argentina. En internet: http://www.clubsocialista.com.ar/scripts/leer.php?seccion=otras_publicaciones&archivo=4
[6] Tejerina, Hernán (2005). Apretar el gatillo acarrea consecuencias distintas a las que trae aparejadas recibir las balas. La Intemperie, nº 18. Córdoba, Argentina. En internet: http://www.clubsocialista.com.ar/scripts/leer.php?seccion=otras_publicaciones&archivo=7
[7] Ferrer, Christian (2005) Carta al señor director de La Intemperie. La Intemperie, nº 19. Córdoba, Argentina. En internet: http://www.elinterpretador.net/15CartadeChristianFerrer.htm

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