miércoles, 24 de junio de 2009

Borrador

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Con la llegada de nuevas elecciones quedan en evidencia, a partir de cierta intuición para el elector, y como resultado del raciocinio práctico de los políticos, dos fenómenos fundamentales. Primeramente, y esto es lo que directamente percibe el elector a raíz de su experiencia, el apoyo a una formación política determinada, así como la voluntad de involucrarse en su militancia parecen ser hechos inconstantes, contradictorios, y en su sucesión, le dejan molestas confusiones difícilmente solubles. Aún tratándose del apoyo inquebrantable continuado en varias etapas de la vida, e incluso heredado, por un líder o una estructura capaz de ejercer un liderazgo emocional e intelectual; tampoco se garantizaría la ausencia de contradicción o inconstancia, pues si se trata de un personaje o una estructura cabalmente implicada en el gobierno, las tensiones entre el mandato de las ideas, los proyectos, y las instancias singulares de decisión bajo presión de los acontecimientos, acarrean un sinnúmero de acciones que serán vistas desde lo moderado en la polémica acerca de su razonabilidad, hasta desde el extremo como sacrilegio. Es lo que Ralf Dahrendorf[1] hace conocer como "Individualización de los electores", pues no son otra cosa que masa circunstancial que apoya a un partido, atraída por sentimientos que los candidatos suscitan, promesas electorales que convocan la fe de un elector desdichado o como suele suceder cuando las urgencias no acechan frecuentemente, la imagen confortante del minimalista que es visto como incapaz de emprender acciones peligrosas para la manutención de la estabilidad de las condiciones económicas. El elector que compone ocasionalmente esta masa, tal ha sido dicho renglones arriba, probablemente sea torpe para explicar el sentido de cada una de sus elecciones a lo largo de un período prolongado de años.
En segundo lugar, aquello que Max Weber[2] acusaba como una característica intrincada del sistema político norteamericano hacia finales del s. XIX, donde observaba que disposición de los partidos, conformados por un aparato cuasi-burocrático bajo las directivas de los bosses, estaba orientada a la consecución del poder como herramienta de acceso a los cargos de la administración del estado. A tal fin, los partidos se encolumnarían tras el líder y las posiciones sobre cuestiones de gobierno que exhibieran un mayor ajuste a ese agregado polimórfico de actitudes, estados de ánimo y creencias individuales manifestadas por la población adulta, la joya de los estadísticos de la política que conocemos como public opinion. Dahrendorf, ya en el siglo XXI, reconoce que esta ligazón de la política a temas concretos y situaciones puntuales constituye una problemática creciente para la democracia. Bajo este imperativo, los intereses que el ciudadano habría de llevar al gobierno a través de la tenaz representación parlamentaria, como lo exigiría al dogma liberal, insólitamente recorrerían este camino. La sumisión de la política de campaña a la figura creada de la opinión pública conlleva la transmisión de los intereses directamente desde la interpretación estadística de un agregado polimórfico, es decir, la agenda de quienes buscan representar estaría ocupada según lo que la exégesis certificada por la comunidad de los cientistas y estadísticos de la política se traiga. Suele ocurrir que cuando se intenta hacer patente al público un hecho, se convoca a la consideración de la opinión pública. Análogamente, puesto que hoy ya no existen los ciudadanos de Bristol[3] , sino la "opinión pública" de Bristol, si se reviviera a Edmund Burke para que nos deleitara con su remembrado discurso, en la medida que esté aggiornado le negaría a la opinión pública la subordinación de su juicio a las manifestaciones que de ella emanaran; y con toda probabilidad, más de un ciudadano vería en él a un esperanzador cruzado contra la política degradada, mas, sin lugar a dudas recibiría la misma bofetada que en 1774, sólo que esta vez propinada por la opinión pública.
A partir de estos dos fenómenos intrínsicamente ligados, la "individualización" de los electores y el sujetamiento creciente de la política a temas y situaciones puntuales, surge la tragicomedia que domina el escenario político en campaña permanente. En este sentido, la figura de Ross Perot como candidato presidencial ha sido paradigmática. (En 1992, en medio de la disputa entre George Bush y Bill Clinton, surgió un candidato independiente con inusitada presencia en las encuestas. Un estilo directo, frontal, llevó a Ross Perot, en el término de dos meses, de encontrar apoyo en poco más del 10 % de los encuestados a liderar los sondeos con cifras de alrededor del 40 %. Sin embargo, las suspicacias ante ciertas posiciones que manifestaba se convirtieron pronto en rumores asoladores. Una vez que alcanzó vertiginosamente su cumbre, la velocidad de caída le fue más deprisa aún. Un mes más tarde, aún lejos de la fecha de elecciones, su candidatura se había derrumbado). La referencia de Zygmunt Bauman[4] a las comunidades "de guardarropa" como aquellas que se sustentan en una extraordinaria inversión emocional en un designio de existencia precaria e incierta, de vida breve y plena de fervor; presenta una definición atinada para referirse a la política oficiada por los políticos en campaña. Es evidente que toda campaña está dirigida con el solo propósito de acceder a la conducción del poder o ganar una cuota de participación en él, pero resulta novedosa la universalización del aflojamiento de los fines programáticos de los partidos como contenidos propositivos de los candidatos. Perot sostuvo mientras duró su candidatura una enfática apuesta al "cambio" en la orientación y los lineamientos de los discursos de campaña, destacaba Mariano Grondona[5] en una columna internacional de la época, y en tanto no tuvo que manifestar posiciones concretas y sistemáticas en torno a asuntos polémicos de la macropolítica, la tenacidad y el ardor de su convocatoria pasmaba a sus rivales políticos directos, quienes todavía ajustaban su candidatura al molde tradicional de la dicotomía liberal-conservative. La lección que dejó Perot a republicanos, y principalmente, de la manera exitosa en que finalmente se dio, a democrátas, apuntaba Grondona, fue la necesidad de reorientar su discurso hacia una renovación en los lineamientos generales de sus propuestas; un hecho que, visto aquello que reparaba Max Weber casi un siglo antes, no aparentaba aportar novedad. Sin embargo, la experiencia dejaba muy en claro que de allí en más la supervivencia en la contienda política requería encontrar un endeble equilibrio entre la permanencia a largo plazo, así como la profundidad y razonabilidad de la propuesta, lo que era solventado por el lineamiento programático; y por otro lado, el imperativo que significaba la demanda de descolocante innovación por parte de la opinión pública. Se trata de un equilibrio cuyo efecto no es inmediato, pues una elección no se gana en una medición intermedia de la intención de voto; pero en término de meses, en la medida en que el período de campaña llega a su fin, la conservación de una cifra significativa de las preferencias que quede sellada en el último sondeo tiende a influir decisivamente sobre los resultados del día siguiente en la medida en que las pasiones de última hora se levanten para facilitar, contrarrestar o frenar la performance del candidato que se ha convertido en el destinatario de las mismas, el personaje más denostado o el más preconizado [6] . Al cabo, el lugar que debe tomar el candidato es aquel que le permite percatarse de cómo hay que inducir a la esperanza o al desengaño en cuanto el contrincante se enclave en el rol del imán que concita la fe en una nueva era o el minimalista que infunde sosiego; máxime si es quien debe defender la continuidad del partido gobernante de los embates de un reformador, instancia en la que de ser el rival bien tratado por la opinión pública, habrá de recurrir a una compleja trama de descalificación del ideal de "cambio" del otro y de oferta de variación razonable y satisfactoria en los lineamientos y acciones políticas tanto como en su conducción.
La "individualización", como particularidad de la relación entre el individuo y la política, se afirma en un curso de vida en el cual agudamente se resumen en el individuo las presiones propias de la producción y la expresión en la vida social. La experiencia vital tiende a verse como destino, pero no como destino colectivo, sino individual; por lo cual todo conflicto generado a partir de la postración y el escepticismo busca una resolución individual; como lo propone Dahrendorf, en un camino que empieza por la opción de recurrir a las oportunidades de la sociedad abierta, esto es, utilizando dichas oportunidades -la educación, la disponibilidad de fuerza física y capital económico, la práctica, los ofrecimientos- en función de asignaciones a riesgo, y que concluye en la iniciciación en las más variadas formas de delito. La inhibición del conflicto social se asocia con la ausencia de esperanzas en el género colectivo, en el caso extremo de la apatía que la relegación instala. Zygmunt Bauman, así como Richard Sennett, convergen en la percepción del ciudadano "individualizado" conduciéndose respecto de la política cual lo hace un consumidor en relación a un servicio. El ciudadano exige del Estado, y por ende, del político que lo dirige, los servicios "prometidos", que no se tratan exclusivamente de los derechos que en la teoría política se expresan como constitucionales, humanos o básicos. Uno de los deberes inherentes al Estado, es precisamente aquel de proporcionar seguridad. En un sentido amplio, la seguridad que el ciudadano espera del político es el enérgico compromiso en garantizar la no intromisión del "otro" (de otro país en el devenir nacional, del gobierno nacional u otro gobierno regional en los asuntos privativos de la región, del Estado en las actividades económicas privadas y en la vida privada -excepto cuando se teme al "enemigo terrorista", para vigilar al vecino sospechoso-, del delincuente en la apacible vida hogareña), y expresado tersamente en lenguaje hobbesiano, en sosegar en el ciudadano el terror a la muerte. Asimismo, se cuentan aquellas obligaciones referidas a asegurar la convivencia ordenada en la comunidad y a coordinar su organización (por ejemplo, aquella área fenomenalmente polémica en los municipios: el "ordenamiento urbano", que agrupa el uso de la vía pública, el tránsito, las construcciones, los espacios verdes, los espectáculos, etc...). El bienestar social y la provisión y/o la regulación en los sistemas de salud y educación, siendo el Estado el órgano que debe proveerlos, regularlos y evaluarlos, o bien, sólo regularlos y evaluarlos -en razón de si se involucra o delega en entes privados su provisión-, constituyen espacios donde el ejercicio del gobierno y la legislación por parte de los políticos debe concentrar esfuerzos significativos, así como también móviles de toda pronunciación obsequiosa o descalificante de campaña. Por su parte, en cuanto es reconocida la limitación del poder político sobre la esfera de relaciones y acciones económicas, las expectativas acerca del rol del político en la dinámica de las condiciones económicas de vida se degradan a meras esperanzas de fe electoral. Sin embargo, irónicamente, esas mismas esperanzas son exigidas cual deberes incumplidos cuando la marcha económica se resiente, y acaba siendo el político, el gobierno y/o la clase política quien carga con las culpas ante la mirada contrariada de la opinión pública. La voluntad y el interés del individuo se revelan en su disposición a "aportar puntualmente su pago" (los impuestos, el servicio militar o social, y cualquier otro deber del ciudadano para con el Estado), a subordinarse y a no desafiar la autoridad de quien ejerce el gobierno a cambio de que las obligaciones del Estado con él sean satisfechas de la manera en que lo espera. Las exigencias son la regla por cuanto los servicios prometidos, las obligaciones del Estado, no suponen la más mínima renuncia sin que entrañe la desconfianza y la reprobación de los responsables políticos del Estado y su estructura burocrática de ejecución. En consecuencia, los reclamos por los servicios incumplidos serán indefectibles, mas, si las problemáticas generales de existencia en las que las fallas de suministro se producen, se concentran intrínsecamente en la aflicción del individuo, dichos reclamos jamás trascenderán para dar lugar a un cuestionamiento global del sistema de suministro (la desacreditación del Estado por su ausencia) ni a un mayor interés por involucrarse en la responsabilidad de generar las políticas de suministro ni de supervisar su ejecución.

Marcos Papais, Mayo de 2007

[1] Dahrendorf, Ralf (2005): “En busca de un nuevo orden” Ed. Paidós, Barcelona.

[2] Weber, Max: “Economía y Sociedad” Ediciones varias.

[3] Burke, Edmund: “Speech to the Electors at Bristol

[4] Bauman, Zygmunt (2003): “Modernidad Líquida”. FCE, Ciudad de México.

[5] Grondona, Mariano: “Auge y caída de Ross Perot” en Grondona, M (1996): “El mundo en clave”. Planeta, Buenos Aires.

[6] No es otra cosa lo que sucede cuando se conocen los resultados finales del acto eleccionario y se los compara insidiosamente con los números que dejaron las encuestas.


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